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Conchi Basilio
Vivir más, vivir peor | | Conchi Basilio. 25.04.26 | Ampliar |  España ha aprendido a vivir más años. Lo dicen las estadísticas, lo celebran los discursos y lo confirma la medicina. Pero hay una verdad incómoda que apenas se pronuncia, no basta con vivir más, importa, y mucho, cómo se vive ese tiempo añadido. En demasiados hogares, la vejez ha dejado de ser una etapa de descanso para convertirse en un territorio incierto, marcado por la dependencia, la burocracia y una soledad que no siempre se reconoce. En lugares como Asturias, donde el envejecimiento de la población es especialmente acusado, esta realidad no es una excepción, es el día a día de miles de personas. Cuando aparece la dependencia, comienza una carrera que nadie debería tener que correr. Solicitudes, informes, valoraciones que se retrasan durante demasiados meses, normalmente más de un año. Un tiempo que, para quien lo necesita, no es un simple trámite administrativo, sino una espera que pesa, que limita y que, en ocasiones, agrava la situación. Y cuando por fin llega la ayuda, lo hace con una sensación agridulce. Porque lo concedido rara vez cubre lo necesario. Las prestaciones económicas se quedan muy lejos del coste real de los cuidados, y los servicios asignados, cuando los hay, se reducen a intervenciones mínimas, casi simbólicas. Una persona acude al domicilio, una o dos horas, rápido, a contrarreloj. Lo imprescindible, aseo, algo de limpieza si alcanza el tiempo. No hay margen para detenerse, para escuchar, para acompañar. No por falta de voluntad, sino porque el sistema no lo permite. Todo está medido, ajustado, comprimido. |
| Lo que nunca preguntaste | | Conchi Basilio. 21.04.26 | Ampliar |  Hay silencios que no nacen de la paz, sino del abandono, no de la calma, sino de la falta de interés . Son esos silencios que se instalan entre las personas cuando nadie hace la pregunta que debería hacerse, cuando nadie se detiene a mirar de verdad al otro y preguntarle, sin prisa y sin juicio, “¿Qué te pasa?”. Hay conversaciones que nunca llegaron a existir, no porque no hicieran falta, sino porque nadie quiso asumir el pequeño esfuerzo de iniciarlas. Porque era más fácil seguir adelante, centrarse en la propia vida, en las propias preocupaciones, en el propio mundo, que detenerse a comprender el de los demás. Y así, sin palabras, se construyen las distancias más injustas, se sacan conclusiones sin conocer la historia, se interpretan silencios como desinterés, ausencias como frialdad, decisiones como desprecio. Pero nadie pregunta, nadie contrasta, nadie se toma el tiempo de escuchar lo que hay detrás. Es más cómodo suponer que entender. |
| El delirio del poder | | Conchi Basilio. 20.04.26 | Ampliar |  Hay una línea invisible que separa el liderazgo de la desmesura. No siempre es fácil de ver, pero cuando se cruza, las consecuencias dejan de ser simbólicas para volverse reales, profundas y, en ocasiones, irreversibles. En los últimos tiempos, asistimos a una forma de ejercer el poder que inquieta no solo por sus decisiones, sino por la actitud que las envuelve. No se trata únicamente de gobernar, sino de imponerse, no se trata de dirigir, sino de dominar. Y en ese cambio de matiz, aparentemente sutil, se esconde un riesgo que la historia ya ha demostrado demasiadas veces. Cuando un dirigente comienza a proyectarse como alguien incuestionable, como si estuviera en posesión de la verdad absoluta, algo deja de encajar. No es normal, no lo es porque el poder, en esencia, debería estar limitado, vigilado y sometido a normas. Nadie está por encima de las leyes, ni de las consecuencias de sus actos. Sin embargo, vivimos una época en la que la imagen ha adquirido un peso desproporcionado. Se construyen relatos grandilocuentes, se alimentan figuras casi míticas, y en ocasiones se roza lo simbólico de una manera que desconcierta. La tecnología, lejos de moderar, amplifica. Y lo que antes habría quedado en un gesto aislado, hoy se convierte en una representación que da la vuelta al mundo en cuestión de minutos. |
| La pobreza que trabaja | | Conchi Basilio. 14.04.26 | Ampliar |  Hace muchos años en que trabajar significaba avanzar. No era necesario aspirar a grandes lujos para sentir que el esfuerzo merecía la pena, bastaba con saber que, al final de mes, el salario alcanzaría para vivir con dignidad, para sostener un hogar, para proyectar un futuro. Hoy, esa certeza se ha resquebrajado. La precariedad laboral ha dejado de ser una etapa pasajera para convertirse en una forma de vida. Ya no afecta únicamente a los más jóvenes ni a quienes se incorporan por primera vez al mercado laboral. Se ha extendido como una sombra persistente que alcanza a trabajadores de todas las edades, a familias enteras e incluso a quienes, tras toda una vida de esfuerzo, creían tener asegurada una vejez tranquila. El problema no es solo cuánto se gana, sino cuánto cuesta vivir. Los precios suben con una rapidez que asfixia, mientras los salarios avanzan con una lentitud desesperante, cuando no permanecen estancados. La vivienda, la electricidad, los alimentos... todo parece moverse en una dirección distinta a la de los ingresos. Y en medio de ese desfase, las personas hacen equilibrios imposibles. |
| Cuando el rumor destruye | | Conchi Basilio. 10.04.26 | Ampliar |  Hay frases que sobreviven al tiempo porque encierran una verdad incómoda. “Pueblo pequeño, infierno grande” no es solo un refrán, es el eco de muchas historias calladas, de muchas vidas atravesadas por palabras que nunca debieron pronunciarse o que, pronunciadas, jamás debieron crecer hasta deformar la realidad. En los pueblos pequeños no hay anonimato. Cada gesto se observa, cada silencio se interpreta, cada paso parece dejar huella en la memoria colectiva. Y lo que debería ser cercanía se convierte, a veces, en vigilancia. Lo que podría ser comunidad, degenera en juicio. Todo comienza con algo insignificante, un comentario sin importancia, una escena sacada de contexto, una palabra mal entendida, un grano de arena. Pero ese grano pasa de boca en boca, y en cada tránsito se transforma, se adorna, se exagera, se contamina, se le añaden intenciones que nunca existieron, se le quitan matices que lo explicaban todo. Y así, sin que nadie asuma la responsabilidad, ese pequeño grano se convierte en una montaña capaz de aplastar la dignidad de una persona. Quienes participan en ese proceso rara vez se detienen a pensar en las
consecuencias. Hablar es fácil, opinar, aún más, pero detrás de cada
historia hay una vida real, con heridas reales, con noches en vela, con
lágrimas que no se ven. Hay corazones que sienten el peso de una mentira
repetida tantas veces que acaba pareciendo verdad. |
| ¿Dónde está la humanidad? | | Conchi Basilio. 07.04.26 | Ampliar |  Hay preguntas que no nacen de la curiosidad, sino del dolor, esta es una de ellas. Basta con encender la televisión, abrir un periódico o deslizar el dedo por cualquier red social para encontrarse con imágenes que deberían estremecernos, ciudades reducidas a escombros, niños con la mirada perdida, familias enteras huyendo con lo puesto, cuerpos cubiertos por mantas que ya no abrigan a nadie. Y, sin embargo, seguimos. Seguimos comiendo, trabajando, riendo incluso. Seguimos con nuestras vidas mientras, en algún lugar del mundo, miles de personas pierden la suya. No porque el destino así lo haya querido, sino porque alguien lo ha decidido, porque hay intereses, estrategias, ambiciones y egos que pesan más que la vida humana. La barbarie no es nueva. La historia está llena de guerras, de líderes que prometieron paz mientras preparaban la siguiente ofensiva, de discursos que disfrazaron la violencia de necesidad. Pero hay algo distinto en nuestro tiempo, lo vemos todo, en directo, sin intermediarios. Y, aun así, no parece suficiente para detenerlo. |
| Al borde del abismo | | Conchi Basilio. 31.03.26 | Ampliar |  En un tiempo que se proclama moderno, avanzado y globalizado, la humanidad asiste, sin embargo, a una inquietante regresión moral y política. Lejos de consolidarse como una era de estabilidad, el presente se dibuja con trazos de incertidumbre, miedo y una creciente sensación de descontrol. Las guerras, lejos de apagarse, resurgen con una intensidad que no solo destruye territorios concretos, sino que sacude los cimientos de la convivencia internacional. Conflictos como los de Ucrania o los que asolan Oriente Medio han dejado de ser episodios aislados para convertirse en piezas de un tablero mucho más amplio, donde las tensiones geopolíticas, los intereses económicos y las ambiciones de poder se entrelazan de forma peligrosa. Ya no hablamos únicamente de enfrentamientos localizados, sino de crisis que repercuten de manera directa en la vida cotidiana de millones de personas en todo el mundo. El encarecimiento de la energía, la subida de los alimentos o la inestabilidad de los mercados son solo algunas de las consecuencias visibles de una situación que parece lejos de encontrar solución. |
| La carga del silencio
| | Conchi Basilio. 27.03.26 | Ampliar |  Hubo una generación, no tan lejana, educada en la responsabilidad llevada hasta el extremo. Una generación en la que, dentro de muchas familias, parecía natural que una sola persona asumiera el peso de todo, los conflictos, las decisiones difíciles, los errores ajenos y, en ocasiones, incluso aquello que nadie quería nombrar. No era una elección consciente, sino un papel que se asignaba casi sin palabras. Y, una vez asignado, resultaba difícil abandonarlo. Esa figura, a veces hija, otras hermana o simplemente quien mostraba mayor sensibilidad, se convertía en el sostén invisible del equilibrio familiar. Era quien escuchaba, mediaba, justificaba silencios y, sobre todo, protegía. Proteger a la familia significaba callar. Callar para evitar escándalos, para no alimentar rumores, para que la imagen exterior permaneciera intacta. El “qué dirán” no era una frase hecha, era una norma silenciosa que condicionaba decisiones, emociones y verdades. |
| Cuidar no debería empobrecer | | Conchi Basilio. 14.03.26 | Ampliar |  Hay trabajos que no figuran en ninguna nómina, pero sostienen el mundo. No tienen horario, ni vacaciones, ni reconocimiento público. Se hacen en silencio, en la cocina de madrugada, en la sala de espera de un hospital, en la habitación donde alguien llama por tu nombre porque ya no recuerda nada más. Cuidar a quien nos cuidó es uno de ellos. Durante años, a veces décadas, miles de personas reorganizan su vida para atender a un padre que enferma, a una madre dependiente, a un familiar que pierde autonomía. No lo llaman sacrificio, lo llaman amor. Pero el amor, cuando se prolonga en el tiempo, tiene un coste que rara vez se menciona, tiempo propio que desaparece, oportunidades laborales que se pierden, cansancio acumulado que no encuentra relevo. |
| La verdad bajo asedio | | Conchi Basilio. 10.03.26 | Ampliar |  Vivimos en un una época en la que la información circula con una rapidez nunca vista. En cuestión de segundos, una noticia, un comentario o una imagen pueden recorrer el mundo entero. Sin embargo, esa velocidad que debería servir para acercarnos al conocimiento también ha abierto la puerta a un problema cada vez más grave, la desinformación y la pérdida del valor de la verdad. Hoy, cualquier mensaje puede difundirse miles de veces antes de que alguien se detenga a comprobar si es cierto. Los llamados bulos, medias verdades o informaciones manipuladas encuentran terreno fértil en una sociedad cansada, preocupada por el futuro y, en muchas ocasiones, saturada por la avalancha constante de noticias. El problema no es solo que existan mentiras. Las mentiras han acompañado siempre a la historia humana. Lo verdaderamente preocupante es la facilidad con la que muchas personas las aceptan como si fueran verdades indiscutibles. |
| La fuerza que sostiene el dolor
| | Conchi Basilio. 06.03.26 | Ampliar |  Actualmente se entiende la fibromialgia como una anomalía de la percepción y regulación del dolor, es decir, que procesa el dolor de forma mucho más amplificada que otra persona que no la padece. El cerebro y la médula espinal envían y amplifican las señales, de modo que estímulos normales o leves se perciben como dolor intenso, “volumen del dolor”, que está demasiado alto y como consecuencia duele todo, pero no se ven lesiones en las pruebas, aunque el dolor es real. La fibromialgia está considerada como enfermedad rara, no es única, sino un síndrome, es decir, un conjunto de síntomas que pueden combinarse de muchas maneras distintas, ya que influyen muchos factores. La fibromialgia no se cura con fuerza de voluntad, negarlo sería injusto y cruel. Es una enfermedad real, compleja, que altera la percepción del dolor, desgasta el cuerpo y en algunas personas confunde la mente. No desaparece por pensar en positivo ni por desearlo con intensidad. Pero decir esto no significa negar otra verdad igual de importante, la forma en que una persona vive, se cuida y se sostiene a sí misma puede cambiar profundamente la manera de convivir con la enfermedad. |
| La violanecia no es el camino | | Conchi Basilio. 04.03.26 | Ampliar |  Vivimos en un momento convulso. Basta con abrir cualquier periódico para comprobar que el mapa del mundo parece un tablero en permanente tensión. La guerra de Ucrania, la espiral interminable de violencia entre Israel y Palestina, los conflictos olvidados en regiones de África, la creciente tensión en zonas estratégicas de Asia, las últimas intervenciones en diferentes países… El escenario internacional parece dominado por una lógica peligrosa, la de la fuerza como argumento. Sin embargo, la historia humana debería habernos enseñado algo elemental, la violencia nunca resuelve los conflictos de fondo. Puede imponer silencios provisionales, puede modificar fronteras sobre el papel, puede incluso ofrecer la ilusión de una victoria. Pero no construye paz. La paz verdadera no nace del sometimiento, sino del reconocimiento mutuo y el respeto hacia los demás. |
| El precio de vivir
| | Conchi Basilio. 27.02.26 | Ampliar |  La vivienda que debería ser uno de los pilares de cualquier sociedad justa, se ha transformado en una de las mayores fuentes de incertidumbre para miles de familias. El mercado inmobiliario ha alcanzado un nivel de especulación difícil de justificar, pisos de segunda mano con más de treinta, cuarenta o incluso cincuenta años superan con facilidad los 300.000 euros, aun cuando requieren reformas integrales para resultar habitables. Cocinas obsoletas, instalaciones eléctricas antiguas, baños que deben demolerse por completo… y, aun así, precios que parecen ignorar la realidad material del inmueble. No se trata solo de cifras elevadas. El problema es más profundo, la vivienda ha dejado de percibirse como un bien esencial para convertirse en un activo financiero. La lógica del beneficio ha desplazado a la del derecho. Comprar un piso antiguo que exige una inversión posterior considerable termina resultando, en muchos casos, más caro que adquirir una vivienda nueva. Sin embargo, la falta de suelo en zonas urbanas consolidadas empuja la construcción hacia los extrarradios, obligando a elegir entre precio, ubicación o calidad de vida. |
| El ruido de los otros | | Conchi Basilio. 24.02.26 | Ampliar |  Hay lugares donde el silencio no existe. No porque falten los sonidos, sino porque siempre hay una conversación en marcha, la de la vida ajena. En los entornos pequeños, aunque no solo en ellos, las historias viajan deprisa, cambian de forma y acaban pareciéndose poco a lo que realmente ocurrió. Basta una frase escuchada a medias, una decisión que alguien no entiende o una ausencia demasiado visible para que comience el relato. Así nacen las versiones. No necesariamente desde la maldad, sino desde la mezcla de curiosidad, tiempo libre y esa vieja inclinación humana a mirar hacia fuera antes que hacia dentro. El problema es que las versiones, cuando se repiten, adquieren peso. Y el peso de una historia construida puede caer sobre quien nunca tuvo oportunidad de contar la suya. Hay una comodidad extraña en observar la vida de los demás. Permite opinar sin riesgo, sentir una falsa superioridad y, sobre todo, evitar la mirada propia. Se habla de lo que hizo el vecino, de por qué se separó alguien, de quién no volvió, de lo que se sospecha, aunque no se sepa. Y mientras tanto, la vida personal queda en pausa, como si comentar sustituyera a vivir. |
| Dónde empieza la soledad | | Conchi Basilio. 21.02.26 | Ampliar |  Hay una pregunta que casi siempre hacemos por educación y casi nunca por interés real, ¿Cómo estás? La respuesta suele ser automática, “bien”. Y sabemos que la conversación ha terminado. La soledad moderna no empieza cuando faltan personas. Empieza cuando desaparecen las preguntas verdaderas. Vivimos rodeados de voces, de notificaciones, de encuentros breves y conversaciones rápidas, pero cada vez menos gente se detiene a escuchar una respuesta larga. La prisa se ha convertido en una forma social de cortesía, no incomodar, no profundizar, no entrar demasiado en la vida del otro. Nos tratamos correctamente, pero nos conocemos muy poco. Hoy es fácil pasar un día entero hablando sin decir nada importante. En el trabajo se comentan tareas, en casa se organizan horarios, en los grupos se comparten videos, en las comidas se repasan noticias. Todo funciona, todo es normal, todo parece suficiente. Sin embargo, muchas personas terminan la jornada con la sensación de no haber sido vistas. |
| Dignidad o fracaso | | Conchi Basilio. 17.02.26 | Ampliar |  España atraviesa un momento decisivo, no por falta de recursos, ni por ausencia de talento, sino por una evidente distorsión de prioridades. Se recauda más que nunca, se legisla más que nunca, pero la sensación de abandono crece en amplias capas de la sociedad. Ha llegado el momento de hablar con claridad, un país no se mide por sus cifras macroeconómicas, sino por la dignidad real con la que viven sus ciudadanos. La agricultura, la ganadería y la pesca sostienen nuestra alimentación y forman parte de nuestra identidad productiva. Sin embargo, estos sectores soportan exigencias, normativas estrictas, costes crecientes y una competencia exterior que no siempre cumple las mismas reglas. No tiene sentido imponer estándares medioambientales, laborales y sanitarios rigurosos a nuestros productores mientras se permite la entrada de productos procedentes de países donde esas condiciones no existen. Si Europa fija normas, deben aplicarse por igual a todos. De lo contrario, estamos condenando a nuestros propios trabajadores a una competencia desleal que los empuja al cierre y al abandono. |
| El cansancio de vivir de prisa | | Conchi Basilio. 13.02.26 | Ampliar |  Hay un agotamiento nuevo, o quizá no tan nuevo, pero ahora más visible, que se ha instalado en la vida cotidiana. No se trata solo del cansancio físico tras una jornada larga, sino de una fatiga más honda, casi existencial, la sensación de estar siempre llegando tarde a algo, de correr sin detenerse a preguntar hacia dónde. Vivimos deprisa, hablamos deprisa, y aun así sentimos que nunca es suficiente. La sociedad contemporánea parece haber hecho de la urgencia una forma de identidad. Todo reclama atención inmediata, el trabajo, los mensajes, las noticias, las redes sociales, la exigencia de mostrarnos felices y productivos. El tiempo se ha fragmentado en notificaciones, y en silencio, ese espacio necesario para pensar y comprender, se ha convertido en un lujo. En medio de ese ruido constante, muchas personas avanzan con el piloto automático puesto, cumpliendo rutinas que apenas dejan margen para la introspección. |
| La vivienda no es un lujo | | Conchi Basilio. 12.02.26 | Ampliar |  Comprar una vivienda para vivir en ella, no es especular, no para alquilarla como inversión, se ha convertido en uno de los mayores retos económicos de nuestro tiempo. Da igual si se tienen treinta años o sesenta y dos, acceder a un casa hoy supone endeudarse durante décadas, asumir precios disparados y soportar una presión fiscal que apenas deja margen para respirar. En ese contexto, resulta legítimo reabrir un debate que nunca debió cerrarse del todo, la recuperación de la deducción por adquisición de vivienda habitual en el IRPF. Sin dejar de mencionar que el límite de años para conceder una hipoteca es hasta los 75 años, con lo cual una persona que pasa de los sesenta tiene muy poco margen, y por tanto resultaría una cifra muy elevada de dinero todos los meses, como desembolso para el pago de la cuantía, que al jubilarse su pensión será también más reducida. Pero el IRPF sigue su curso de deducciones, en muchos casos, exageradamente alto para un pensionista. Ante esta problemática el Estado no pone ninguna solución. Simplemente recauda y es objetivamente catastrófico para cientos de miles o millones de jubilados. |
| Vivir en alerta | | Conchi Basilio. 06.02.26 | Ampliar |  Hay personas que ya no recuerdan la última vez que se levantaron sin miedo. No miedo a una catástrofe concreta, sino ese otro, más sordo y persistente, que se instala en el pecho cuando la nómina no alcanza, cuando el alquiler sube, cuando la luz vuelve a encenderse, cuando la enfermedad aparece y el margen económico es inexistente. Vivimos en estado de vigilia permanente. Como si la vida se hubiera convertido en una sucesión de sobresaltos, crisis económicas encadenadas, guerras lejanas que encarecen lo cotidiano, mercados inestables, discursos crispados, noticias que anuncian colapsos y futuros inciertos. Todo ello desciende, gota a gota, hasta los pisos modestos, las cocinas pequeñas, los desayunos apresurados antes de ir a trabajar. |
| La soledad que nadie quiere ver | | Conchi Basilio. 03.02.26 | Ampliar |  La soledad no deseada suele representarse como un escenario crepuscular, personas mayores en pisos silenciosos, bancos vacíos en los parques, televisores encendidos para combatir la ausencia. Sin embargo, existe otra soledad más difícil de detectar y quizá más perturbadora, la que se instala en plena juventud, en medio de grupos numerosos, de conversaciones constantes, de teléfonos que vibran sin descanso. Una soledad que no nace de la falta de gente, sino de la ausencia de vínculo verdadero. Porque se puede estar rodeada y, aun así, sentirse radicalmente solo. Se puede compartir cafés, fiestas, trabajos, reuniones familiares y regresar a casa con la sensación de no haber sido realmente visto por nadie. La soledad no deseada no siempre es un vacío externo, muchas veces es una habitación interior que nadie más parece saber abrir. En la juventud, este tipo de aislamiento resulta especialmente desconcertante. Existe una experiencia casi obligatoria de plenitud, amistades intensas, romances, proyectos compartidos, risas visibles, fotografías que certifican que la vida ocurre. Reconocer que una persona se siente sola en ese contexto parece casi una traición al guion colectivo. Y así, al dolor original se suma otro más corrosivo, la culpa de sentirse así, la sospecha de que el problema está dentro y no en la forma en que nos relacionamos. |
| Cuando el ruido manda | | Conchi Basilio. 31.01.26 | Ampliar |  El debate público se ha convertido, demasiadas veces, en un campo de batalla. No se discuten ideas, se lanzan consignas. No se contrastan datos, se repiten sospechas. No se escucha, se responde antes de comprender. Las redes sociales han acelerado este proceso hasta extremos inquietantes, transformando espacios de conversación en tribunales improvisados donde se dictan sentencias en tiempo real. Vivimos rodeados de mensajes diseñados para indignar, titulares que buscan el impacto inmediato, frases recortadas hasta perder su sentido, vídeos fuera de contexto que se viralizan en minutos. En este clima, la complejidad resulta incómoda y la duda se interpreta como debilidad. Lo que no cabe en un tuit parece no existir. La polarización no nace sola, se alimenta de la necesidad de pertenecer a un bando, del miedo a quedarse fuera, del alivio que produce señalar a un culpable rápido. Convertimos la opinión y la identidad en trinchera. Desde ahí, cualquier matiz es visto como traición y cualquier pregunta como provocación. |
| Con las pemnsiones nos se juega | | Conchi Basilio. 29.01.26 | Ampliar |  Cada año, cuando se acercan las grandes decisiones económicas del Gobierno, vuelve a aparecer una fórmula ya conocida, este año el llamado decreto “ómnibus”. Bajo ese paraguas se agrupan medidas de naturaleza diversa, transporte, vivienda, fiscalidad, ayudas por catástrofes, incentivos empresariales o inversiones extranjeras, junto a otras que afectan directamente al núcleo de la vida de millones de personas, las pensiones y la protección social básica. La pregunta es legítima y cada vez más extendida entre la ciudadanía, ¿es razonable que derechos consolidados durante décadas queden vinculados a paquetes políticos complejos que se negocian en bloque? Las pensiones no son una concesión coyuntural ni una gracia gubernamental. Son el resultado de años, en muchos casos, décadas, de cotización al sistema público. Quienes hoy las perciben lo hacen porque cumplieron con sus obligaciones laborales y fiscales durante toda su vida. Por eso, su actualización anual para mantener el poder adquisitivo no debería presentarse como una carta negociable, sino como una obligación estructural del Estado. No puede quedar sometida a tensiones parlamentarias derivadas de asuntos ajenos a la Seguridad Social. |
| El peso del silencio | | Conchi Basilio. 28.01.26 | Ampliar |  Hay personas que no salen en las fotografías familiares. No porque no estén, sino porque siempre están detrás, pagando facturas, haciendo llamadas incomodas, acompañando al médico, cubriendo ausencias, apagando incendios que nadie quiere reconocer. Personas que sostienen la vida cotidiana con la discreción de quien ha aprendido que el ruido trae problemas. Suelen ser las primeras en levantarse y las últimas en acostarse. Las que organizan, prevén, resuelven. Las que adelantan dinero sin hacer cuentas en voz alta, las que firman préstamos para que otros respiren, las que se quedan cuando los demás se van. Y, sin embargo, su trabajo no figura en ningún balance doméstico. No cotiza, no se agradece, no se nombra. Pero a la hora de jubilarse, el Estado le reduce la pensión, por haber recortado las horas de trabajo, en sus últimos años de cotización, para atender a todos los cuidados de los suyos, porque no tenía ninguna ayuda de nadie, era ella sola para todo. Lo más duro no es solo el esfuerzo material, es el silencio. Guardar secretos que no son propios, tapar errores ajenos, proteger reputaciones familiares, tragarse verdades para que no estalle una guerra interna que podría arrasar con todos. Vivir con la boca cerrada por lealtad, porque así se lo hicieron saber, por el que dirán, por no hacer daño a quien quizá ya ha hecho demasiado. |
| Cuando un padre desaparece | | Conchi Basilio. 26.01.26 | Ampliar |  Este texto se basa en una historia real, no de una teoría, ni de un análisis académico, ni de una estadística. Nace del vacío que deja un padre cuando decide desaparecer de la vida de su hijo. Y puede doler escribirlo, pero más duele callarlo. Un divorcio puede romper una pareja, una convivencia, un proyecto compartido. Puede generar resentimiento, cansancio, incluso odio. Pero hay algo que nunca, bajo ningún concepto, debería romperse, el vínculo entre un padre y su hijo. Separarse de una mujer no es separarse de un hijo. Sin embargo, algunos padres eligen hacerlo, eligen irse del todo. No hablamos de padres que fallan puntualmente, ni de errores humanos, ni de torpezas emocionales. Hablamos de padres que desaparecen, que no llaman, que no visitan, que no preguntan, que no están. Padres que, tras un divorcio, borran a su hijo de su vida como si fuera un resto incómodo de una historia que quiere olvidar. No es una consecuencia inevitable del divorcio, eso es una elección. |
| Hijos del silencio | | Conchi Basilio. 23.01.26 | Ampliar |  Hay padres que se educaron en la creencia de que amar era endurecer, corregir, exigir. Padres que confundieron la rectitud con frialdad y la autoridad con la ausencia de ternura. Cumplieron con lo material, pero descuidaron lo esencial, el afecto, la escucha, la comprensión. Nunca aprendieron a abrazar sin condiciones ni a mirar sin juzgar. Durante años ejercieron su papel desde una certeza absoluta. Nunca dudaron, nunca revisaron sus actos, nunca se permitieron la fragilidad de reconocer un error. Ser padres, para ellos, equivalía a estar siempre en posesión de la verdad. Como si la paternidad otorgara una autoridad moral incuestionable y eterna. El conflicto aparece cuando los hijos crecen y deciden por sí mismos. Cuando eligen caminos propios, a menudo sensatos y responsables, pero distintos de los que sus padres habrían imaginado. Entonces surge la desaprobación. No como diálogo ni como preocupación amorosa, sino como juicio constante, como desautorización, como castigo emocional. |
| No en nuestro nombre | | Conchi Basilio. 19.01.26 | Ampliar |  En estos momentos, vivimos tiempos en los que la palabra humanidad parece haberse vuelto frágil, casi incómoda. Se pronuncia, pero no se practica. Se invoca, pero no se defiende. Y mientras tanto, ante nuestros ojos, se normaliza lo que jamás debería ser aceptable, el abuso del poder, la deshumanización del otro, la barbarie ejercida desde los despachos. No estamos hablando de ideologías ni de siglas, estamos hablando de personas. De seres humanos que trabajan, que crían a sus hijos, que sostienen economías enteras con esfuerzo diario y que, de pronto, pasan a ser tratados como mercancía prescindible o como amenaza. Personas arrestadas en plena calle, separadas de sus familias, empujadas por la fuerza, silenciadas por el miedo. Y lo más grave, ante la mirada pasiva de quienes deberían impedirlo. No somos animales, no somos objetos, no somos números. Somos seres racionales, dotados de dignidad y ninguna bandera, ningún delirio de grandeza puede situarse por encima de ese principio básico. Cuando el poder olvida esto, deja de ser autoridad y se convierte en imposición. Y la imposición, tarde o temprano, siempre desemboca en violencia. |
| El mundo no es un negocio | | Conchi Basilio. 16.01.26 | Ampliar |  No se rige por la lógica del beneficio inmediato ni puede gestionarse como una operación de compraventa. No es un tablero donde ganar posiciones a cualquier precio ni una empresa donde las personas se convierten en cifras prescindibles. Gobernar implica cuidar vidas, respetar acuerdos y pensar en un mañana que no pertenece a quienes ostentan el poder, sino a quienes heredarán sus decisiones. Gobernar no es negociar. Dirigir un país, y mucho menos influir en el destino del mundo, no es cerrar tratos, imponer condiciones o ganar partidas. No es vencer al otro, no es aplastar para demostrar fuerza. El poder político no puede reducirse a una lógica mercantil sin consecuencias devastadoras, porque cuando se hace, lo primero que se pierde no es la eficiencia, sino la humanidad. Durante décadas, con todas sus imperfecciones, se construyó un frágil equilibrio basado en acuerdos, leyes internacionales, derechos compartidos y un principio básico, que la convivencia entre pueblos debía sostenerse sobre el respeto, no sobre la imposición. No era un sistema perfecto, pero era un intento de civilización. De contención, de memoria histórica tras demasiadas guerras. |
| La herida invisible del Humor | | Conchi Basilio. 13.01.26 | Ampliar |  Las calumnias no siempre nacen del error. A veces nacen del miedo, de la frustración o de verse acorralado. Cuando algunas personas sienten que pierden el control, que la verdad no les favorece o que ya no pueden sostener su relato, recurren a una de las formas más rastreras y viles de ataques, desacreditar al otro como persona, haciéndole creer a los demás que “no está bien de la cabeza”. Es un mecanismo antiguo y cruel. No se discuten los hechos, no se refutan las palabras ni se cuestionan los argumentos. Se opta por algo más fácil y más dañino, sembrar la duda sobre la salud mental de alguien. Y esa duda, una vez lanzada, se expande con rapidez, especialmente en entornos pequeños, donde el rumor encuentra terreno fértil. Una calumnia funciona como una bola que empieza siendo pequeña, casi insignificante, pero que va creciendo a medida que rueda. Cada persona que la repite sin contrastar la empuja un poco más. Cada “dicen que…” añade peso. Y cuando finalmente alcanza todos los rincones, el daño ya está hecho, aunque todo sea mentira. No solo es responsable quien inventa la calumnia. También lo es quien la propaga, quien la acepta sin pruebas, quien la repite sin preguntarse si es cierta o justa. Difamar no es mentir, es colaborar activamente en la destrucción de la dignidad ajena. |
| Un mundo sin árbitros | | Conchi Basilio. 12.01.26 | Ampliar |  No estamos viviendo una etapa convulsa más. Estamos atravesando un punto de inflexión histórico en el que el orden internacional construido tras décadas de guerras, pactos y equilibrios precarios, comienza a resquebrajarse de forma alarmante. Y lo más preocupante no es solo el ruido, la tensión o las amenazas explícitas, sino la normalización del abuso como forma de gobierno y de relación entre países. Durante años se nos dijo que el mundo avanzaba hacia una globalización basada en normas compartidas, diálogo y cooperación. Ese relato hoy hace aguas. Lo que emerge con fuerza es un modelo donde el poder económico, político y militar se utiliza sin pudor para imponer intereses particulares, muchas veces ligados al beneficio personal de quienes gobiernan y de sus círculos más cercanos. Algunas figuras, y no hace falta dar nombres, no son una anomalía aislada, sino la expresión más visible de una corriente más amplia. Su proyecto no consiste en gobernar fortaleciendo instituciones, sino en subordinarlas. El Estado deja de ser un marco común para convertirse en una herramienta al servicio del líder y de los suyos. La ley molesta, los jueces estorban, la prensa incomoda y la diplomacia se percibe como una pérdida de tiempo. |
| No pedimos milagros, pedimos humanidad | | Conchi Basilio. 05.01.26 | Ampliar |  En este momento, mientras alguien lee estas líneas, hay un niño que no duerme por el estruendo de una bomba, una madre que reza en silencio por un hijo que no vuelve, un anciano que mira la televisión sin entender en qué instante el mundo perdió la vergüenza de odiar. Todo ocurre ahora, no es pasado ni metáfora, es presente. Por eso hoy no escribo desde la razón fría ni desde el análisis político. Hoy escribo como se escribían antes las cosas importantes, desde el corazón. Y lo hago en forma de carta, dirigida no a los Reyes Magos de nuestra infancia, sino a los reyes magos del mundo actual, esos que no viajan en camellos ni traen oro, incienso y mirra, sino decisiones, palabras y silencios que pesan toneladas. Queridos Reyes Magos del poder, de la influencia, de los despachos blindados y las fronteras cerradas, este año no pedimos regalos, pedimos humanidad. Pedimos que, por primera vez, se piense menos en vencer y más en convivir. Menos en imponerse y más en comprender, menos en señalar al distinto y más en reconocerlo como igual. Pedimos que se escuche el llanto antes que el ruido de las armas, que se atienda al miedo antes que al orgullo. |
| Entre el matiz y la realidad | | Conchi Basilio. 03.01.26 | Ampliar |  Hablar de violencia de género y acoso sexual es difícil, no porque falten opiniones, sino porque el tema exige rigor, contexto y sensibilidad. La realidad demuestra que no estamos ante un fenómeno anecdótico ni limitado a conflictos individuales, es un patrón estructural que afecta de manera desproporcionada a las mujeres por el hecho de ser mujeres. Sin embargo, el debate público muchas veces se reduce a extremos, algunos lo banalizan o lo niegan, mientras que otros simplifican todo comportamiento incómodo como delito. La verdad, como siempre, está en el matiz. La violencia de género no suele empezar con un acto violento visible, sino con pequeños gestos que aparecen inocuos, comentarios despectivos, bromas humillantes, control disfrazado de preocupación, insinuaciones repetidas que ignoran la negativa de la mujer. Son detalles que, con frecuencia, se normalizan socialmente y se minimizan como simples “cosas sin importancia”. Sin embargo, acumulados y sostenidos en el tiempo, pueden degenerar en relaciones profundamente desequilibradas, donde la víctima termina anulada emocionalmente, aislada y con miedo a denunciar. Muchas mujeres no lo hacen, no por falta de valentía, sino por el entorno, familia, amigos o instituciones, a veces no se cree, banaliza o se desestima su sufrimiento. |
| Es sacrificio oculto | | Conchi Basilio. 30.12.25 | Ampliar |  Hay una forma de maldad que no grita ni deja marcas visibles. No necesita violencia explícita ni palabras hirientes. Es una maldad silenciosa, educada, incluso socialmente aceptada. Se manifiesta cuando el reconocimiento llega tarde, cuando una vida entera de entrega se reduce a un gesto final que puede fotografiarse, compartirse y aplaudirse. Como si ese último acto bastara para borrar todo lo anterior, pero no basta. Nunca lo hace. Vivimos instalados en la cultura de la inmediatez. Importa lo último, lo visible, lo que puede mostrarse ante los demás. Lo que no se ve, lo que no se exhibe, lo que se hace en silencio y sin testigos, simplemente deja de contar. Y en ese olvido se pierden historias enteras de sacrificio, de cuidado constante, de renuncias prolongadas en el tiempo, de sacrificios incluso económicos. Hay personas que dedicaron su vida a sostener a otras. Cuidaron padres, hijos, parejas, incluso personas unidas por otro tipo de parentesco. Estuvieron cuando nadie miraba, cuando no había cámaras ni palabras de admiración. Sacaron familias adelante, resolvieron problemas, apagaron incendios cotidianos sin ayuda, sin respaldo y sin reconocimiento. La mayoría, por no decir casi todos, no saben lo que esa persona tuvo que pasar, lo que tuvo que sufrir, lo que tuvo que aceptar a la fuerza y lo que tuvo que pagar, en todos los sentidos, para que los demás siguieran adelante. |
| Lo que el dolor enseña | | Conchi Basilio. 27.12.25 | Ampliar |  Hay maestros que uno elige y maestros que llegan sin permiso. El dolor pertenece a la segunda categoría, aparece sin ser llamado, sin horarios y sin comportamientos. Se instala con una fuerza que desordena la vida, derriba las certezas y obliga a mirar aquello que, en tiempos tranquilos, preferimos pasar por alto. Nadie quiere aprender de él, y, sin embargo, es el maestro más persistente que conocemos. El dolor enseña, antes que nada, a ver la verdad sin ornamentos. Cuando todo se tambalea, las apariencias se desvanecen. Lo que parecía firme se vuelve frágil, lo que creíamos eterno se revela momentáneo. Es entonces cuando descubrimos quién permanece y quién se esfuma, quién es sostén y quién era solo ruido. El dolor actúa como un revelador implacable de vínculos, de intenciones y de prioridades. No perdona autoengaños. A través del dolor también aprendemos la humildad más profunda, la de
aceptar que no controlamos todo, que la vida no sigue un orden lógico ni
ofrece garantías. Esta lección, tan difícil de asumir, es una de las
más liberadoras, porque nos suelta de la idea, de que todo depende de
nuestra fuerza, de nuestro orden o de nuestro sacrificio. Hay cosas que
simplemente suceden, nos gusten o no, y comprenderlo permite mirar el
mundo con menos soberbia y más humanidad. |
| Humanidad selectiva | | Conchi Basilio. 23.12.25 | Ampliar |  Cuando estalló la guerra de Ucrania, Europa reaccionó con una rapidez y una solidaridad que muchos celebraron como un ejemplo de humanidad. Miles de personas huyeron de las bombas y encontraron fronteras abiertas, protección legal inmediata, alojamiento, escolarización para sus hijos y acceso al trabajo. En España, la respuesta fue masiva, instituciones, asociaciones y ciudadanos particulares se movilizaron para acoger a familias ucranianas, algunos incluso viajaron con autobuses y furgonetas hasta las fronteras para traerlas a un lugar seguro. Fue, sin duda, una reacción solidaria que merece reconocimiento. Sin embargo, esa misma Europa, esos mismos países y esas mismas sociedades, mantienen una actitud radicalmente distinta hacia quienes llegan de África huyendo también de guerras, hambrunas, conflictos armados, persecuciones políticas o colapsos climáticos. A ellos no se les llama refugiados con la misma naturalidad, se les etiqueta como “inmigrantes ilegales”, “avalanchas” o “presión migratoria”. No se les recibe con recursos y empatía, sino con vallas, concertinas, devoluciones en caliente o expulsiones. La pregunta resulta inevitable, ¿Por qué esta diferencia? |
| Ruido, corrupción y memoria | | Conchi Basilio. 19.12.25 | Ampliar |  La corrupción ha sido una constante incómoda en la historia reciente de la democracia española. No pertenece a una sola ideología, ni puede despacharse como una sucesión de casos aislados. También están las empresas corruptoras. Ha afectado, con mayor o menor intensidad, a quienes han gobernado durante largos periodos. Sin embargo, el problema de fondo hoy no es solo la existencia de nuevos escándalos, sino el uso partidista y agresivo que se hace de ellos, especialmente desde la oposición. El Partido Popular acumula el mayor número de casos de corrupción acreditados judicialmente en España. Gürtel, Bárcenas y la existencia de una caja B probada por sentencia, marcaron un punto de inflexión histórico. A partir de ahí se destaparon tramas como Púnica, Lezo, Taula, Brugal, Palma Arena o Andratx, que mostraron un patrón repetido, adjudicaciones públicas amañadas, comisiones ilegales, financiación irregular y redes clientelares profundamente enraizadas en determinadas administraciones. El caso Kitchen añadió un elemento especialmente grave, al demostrarse el uso de recursos del Estado para proteger al partido de sus propios escándalos. |
| El precio de aparentar | | Conchi Basilio. 16.12.25 | Ampliar |  Vivimos tiempos extraños, tiempos donde el brillo importa más que la luz, donde se valora la apariencia por encima de la verdad, y donde la hipocresía, se ha vuelto la moneda más corriente del intercambio social. En este mundo de escaparates, las sonrisas se exhiben como productos de consumo, los afectos se fingen, y la felicidad se reduce a una fotografía retocada. Mientras tanto, detrás del cristal, las almas se marchitan en silencio. El cinismo, disfrazado de modernidad, ha sustituido a la empatía. Se habla de solidaridad, de valores, de humanidad, pero a menudo sólo como palabras vacías. Hemos aprendido a decir lo correcto sin sentirlo, a fingir cercanía sin compromiso, a aparentar bondad sin ejercerla. Todo se mide en función de lo que proyectamos hacia los demás, no de lo que realmente somos. Se sonríe, aunque duela, se presume de éxito, aunque la vida esté hecha pedazos. |
| El bulo de los 60.000 millones | | Conchi Basilio. 12.12.25 | Ampliar |  En los últimos meses, determinadas publicaciones en redes sociales han instalado la idea de que España “ha perdido” 60.000 millones de euros de la Unión Europea, una cifra que, por su magnitud, resulta llamativa y fácilmente utilizable como arma política o mediática. Sin embargo, la afirmación es falsa, España no ha perdido ese dinero, lo que ha hecho es renunciar voluntariamente a solicitar la mayor parte de los préstamos disponibles en el marco del Plan de Recuperación europeo. Y lo ha hecho por una razón esencial, financiarse en los mercados internacionales resulta hoy, más barato y más flexible que recurrir a esos préstamos comunitarios. Para comprenderlo, conviene recordar la estructura del programa europeo Next Generation (NGEU). España tenía asignados aproximadamente 163.000 millones de euros, divididos en dos bloques, subvenciones a fondo perdido, casi 80.000 millones, y préstamos reembolsables, unos 83.000 millones. La polémica se centra en este segundo grupo. El Gobierno ha anunciado que solo utilizará una fracción de esta parte crediticia y que no solicitará alrededor de 60.000 millones que estaban disponibles. La palabra “renunciar” es clave, no se ha perdido nada, porque ningún país está obligado a pedir la totalidad de los préstamos. La decisión corresponde a cada Estado miembro, en función de su estrategia económica y de sus necesidades de financiación. |
| La herencia invisible | | Conchi Basilio. 10.12.25 | Ampliar |  Hay herencias que no aparecen en un testamento, no exigen notario, no tienen un valor en euros y, sin embargo, son las que más pesan sobre quienes las reciben. Son huellas emocionales, los gestos cotidianos, los silencios que se acumulan durante años y que, sin advertirlo, se convierten en la verdadera herencia que dejamos a quienes vivieron a nuestro lado. A veces son luz, pero otras, y más de las que quisiéramos admitir, son sombra. Existe una herencia maldita que casi nadie se atreve a mirar de frente, la herencia del desprecio silencioso, del ninguneo prolongado, de la indiferencia que se disfraza de normalidad. Se transmite en gestos minúsculos que se repiten una y otra vez, en decisiones tomadas por detrás, en conversaciones que se ocultan, en derechos ajenos arrebatados, aprovechando el silencio de quien nunca quiso causar daño. Es una herencia que destruye sin que nadie la nombre, que hiere sin levantar la voz. Hay personas que, por mantener la paz, sacrifican demasiadas cosas que jamás deberían sacrificar, su voz, su dignidad, sus derechos más básicos. |
| Lo público está en juego | | Conchi Basilio. 08.12.25 | Ampliar |  En España existe una verdad que se repite generación tras generación, cada vez que se debilita lo público, las consecuencias no las sufren quienes toman las decisiones, sino quienes dependen de esos servicios para vivir con dignidad. Y la experiencia demuestra que, cuando la derecha gobierna con una agenda centrada en recortes, privatizaciones y desregulación, las heridas sociales tardan años en cicatrizar. Por eso la pregunta no es sólo qué país queremos, sino qué país no estamos dispuestos a volver a aceptar. La sanidad y la educación, los dos termómetros sociales. El estado de la sanidad pública dice más de un gobierno que cualquier discurso. Cuando se recorta personal, cuando se privatizan servicios, cuando se externalizan áreas enteras como si la salud fuese un negocio rentable, lo que se está haciendo es redistribuir el sufrimiento, los vulnerables esperan, los ricos pagan. Y esa fractura ya se ha visto en Madrid, en la Comunidad Valenciana y en otras comunidades donde los modelos privatizadores avanzan, aunque sus resultados generen desconfianza, polémicas o incluso denuncias. Con la educación ocurre algo parecido. La derecha suele presentar la “libertad de elección” como una cadena de derechos, pero la realidad es más simple, si las escuelas públicas pierden financiación y los colegios concertados ganan terreno aumenta la segregación social. Se crean aulas diferenciadas por nivel económico , por origen, incluso por expectativas vitales. Y un país que se divide desde la infancia es un país condenado a reproducir sus desigualdades durante décadas. |
| El golpe invisible | | Conchi Basilio. 04.12.25 | Ampliar |  Hay dolores que se ven y dolores que no. En una sociedad cada vez más informada sobre los diferentes tipos de violencia, todavía existe una herida silenciosa que muchos prefieren no mirar, la violencia psicológica. No golpea la piel, no deja hematomas ni fracturas, pero rompe algo mucho más profundo. Y quienes la han sufrido lo saben bien, es un dolor que te quita la voz, que te obliga a sobrevivir en un mundo que ya no reconoces como tuyo. Cuando hablamos de violencia, solemos imaginar el golpe físico, el grito o el empujón. Pero la violencia psicológica opera de otra manera, es lenta, insistente, casi invisible. Se alimenta de pequeñas humillaciones, comentarios hirientes, silencios calculados, desprecios cotidianos o manipulaciones que se repiten hasta desgastar cualquier resquicio de autoestima. No aparece de repente, se desliza como una sombra que cada día avanza un poco más. Y cuando la víctima quiere darse cuenta, ya no sabe dónde quedó la persona que era antes. Ese es quizás su aspecto más cruel, la anulación progresiva. La víctima aguanta, intenta comprender, busca justificar lo injustificable. Se convence de que quizá exagera, de que las cosas no son para tanto. Pero la herida va creciendo, aunque desde fuera nadie la vea. Todo se vuelve confuso, como si una niebla interior lo invadiera todo. La mente ya no es un refugio, sino un campo de batalla donde la persona lucha consigo misma para intentar seguir adelante. |
| La brecha que España no se puede permitir
| | Conchi Basilio. 02.12.25 | Ampliar |  España vive hace años atrapada en una contradicción que se intensifica cada vez que se anuncia la subida anual de salarios y pensiones, las cifras se ajustan al IPC, pero la vida real no. Las cuentas no cuadran para miles de familias que, pese a los incrementos oficiales, pierden poder adquisitivo año tras año. Y no es una percepción subjetiva, es una evidencia económica que incluso organismos internacionales como el Banco Mundial han señalado, un sistema que aplica las mismas subidas porcentuales a todos los tramos reproduce desigualdades y amplifica las brechas existentes. El problema es claro, cuando la inflación ronda el 3%, pero los precios de la cesta básica han subido cinco, siete o incluso diez puntos en ciertos productos, el IPC deja de ser una herramienta útil para proteger a los que menos tienen. En noviembre, la inflación se situó en torno al 3,1%. Sin embargo, la subida prevista para enero, que los ciudadanos empezaran a notar en febrero, difícilmente alcanzará esa cifra, y todo apunta a que será “del dos y pico”. Es decir, otra vez, las pensiones y los sueldos volverán a perder poder adquisitivo antes incluso de empezar el año. |
| Un mundo al borde, un país dividido
| | Conchi Basilio. 28.11.25 | Ampliar |  El mundo atraviesa uno de los momentos más tensos de las últimas décadas. El mapa geopolítico parece inclinarse hacia un abismo conocido, la antesala de un conflicto global. Las tensiones entre potencias, los juegos de influencia, las respuestas militares y las amenazas veladas, y no tan veladas, han devuelto a la humanidad un miedo que creíamos superado tras la caída del Muro de Berlín. Hoy, el fantasma de una tercera guerra mundial ya no es una exageración de catastrofistas, es una posibilidad que empieza a mencionarse con inquietante naturalidad. Detrás de las declaraciones altisonantes y de las maniobras estratégicas hay algo profundamente humano, que no entra en los informes oficiales, los millones de personas que observan, impotentes, cómo sus vidas quedan atrapadas entre decisiones de líderes que, parecen jugar una partida sin medir consecuencias. Lo que para algunos dirigentes es un pulso de poder, para quienes viven en los territorios afectados es pérdida, miedo y destrucción. El contraste resulta insoportable. |
| 'Cuando el clima decide quien sufre' | | Conchi Basilio. 25.11.25 | Ampliar |  España avanza en el diseño de un Pacto de Estado Climático, mientras la emergencia medioambiental deja de ser un concepto abstracto, para convertirse en uno de los factores más determinantes de la vida cotidiana. El debate político se enciende, los informes se multiplican, y la ciudadanía percibe con creciente inquietud que el cambio climático, ya no es un problema reservado a científicos o activistas, es una realidad que afecta a la economía familiar, al acceso a la vivienda y al bienestar más básico. Frente a esta evidencia sorprende que persista un negacionismo político y social que, lejos de ser anecdótico, influye directamente en la adopción, o el retraso, de medidas fundamentales. La reciente iniciativa parlamentaria para impulsar un Pacto de Estado Climático supone, al menos sobre el papel un punto de partida prometedor. Por primera vez en años, el Congreso ha abierto un proceso de escucha en el que organizaciones ecologistas, científicas y sociales presentan propuestas concretas para abordar la emergencia climática desde una perspectiva transversal. Que este proceso cristalice o no en un acuerdo firme dependerá, sin embargo, de la voluntad real de las fuerzas políticas para dejar a un lado el cálculo electoral y asumir el compromiso de una transición que beneficie a la mayoría social. |
| Ser fuerte, ser humano | | Conchi Basilio. 22.11.25 | Ampliar |  Hay que ser fuerte cuando uno se siente débil, hay que ser valiente cuando el miedo amenaza con paralizarnos. Pero también hay que ser humilde cuando la vida nos sonríe. No hay mayor signo de grandeza que saber mantener los pies en el suelo cuando los éxitos podrían hacernos despegar. En un mundo que aplaude el brillo y la apariencia, la verdadera fuerza está en conservar la humanidad. Nos han enseñado a competir, a vencer, a destacar. Desde pequeños se nos impulsa a buscar la meta, a demostrar, a llegar más lejos que los demás. Pero rara vez se nos enseña a ser generosos, a compartir lo que tenemos, a mirar alrededor con ternura. Se nos habla de ambición, no de compasión, de logros, no de empatía. Y así crecemos, confundiendo valor con dureza, y triunfo con superioridad. Ser fuerte no significa no caer, significa levantarse, aunque duela, aunque el camino parezca imposible. Ser valiente no es no tener miedo, es avanzar a pesar de él. Pero la valentía sin humildad se convierte en soberbia, y la fortaleza sin empatía acaba siendo frialdad. El equilibrio verdadero se alcanza cuando uno es capaz de luchar por sí mismo sin olvidar a los demás. El éxito, cuando llega, pone a prueba el alma más que el fracaso. Porque el fracaso enseña, corrige, humaniza. El éxito, en cambio, puede cegar. La humanidad es el ancla que evita que la victoria se convierta en vanidad, y solo quien sabe agradecer, reconocer, y mirar a los otros sin sentirse por encima, ha entendido realmente lo que significa vencer. |
| Cuando sostener te rompe | | Conchi Basilio. 21.11.25 | Ampliar |  Hay cansancios que no se ven, pero pesan más que cualquier carga física. Son cansancios que se acumulan a lo largo de años, incluso de generaciones, y que se expresan en silencios, en noches sin dormir, en respiraciones hondas antes de cruzar un umbral familiar. Es el cansancio emocional de sostener familias que no te sostienen, un desgaste que no conoce descansos ni treguas, y que suele recaer siempre en la misma persona. En muchas casas existe una figura que se convierte, sin proponérselo , en el sostén emocional del clan. La que escucha cuando nadie escucha, la que calma cuando todos gritan, la que renuncia para que otros no renuncien, la que pasa de puntillas para no molestar, aunque lleve dentro un grito que nadie quiere oír. La que se parte en dos para que todo siga en pie, la casa, la armonía ficticia, la paz que no es paz, sino una apariencia sostenida con hilos invisibles. Ese papel no nace de la vocación, sino de la inercia. A menudo se asigna desde la infancia, la hija responsable, la hermana mayor, la que “tiene más cabeza”, la que sabe mediar, la que nunca protesta. Con el tiempo, la costumbre se convierte en destino. Ese rol se perpetua sin que nadie lo cuestione, porque resulta cómodo para los demás que siempre haya alguien disponible, alguien dispuesto, alguien que absorba las tensiones y las convierta en calma. |
| Nada se lleva nadie | | Conchi Basilio. 14.11.25 | Ampliar |  Hay una forma de maldad silenciosa que no necesita gritos ni violencia visible. Es la que se esconde tras las apariencias respetables, la que sonríe mientras calcula, la que hiere sin remordimiento y sin motivo. Esa perversidad cotidiana que se disfraza de normalidad y que se justifica en nombre del interés propio. Personas que viven solo para su beneficio, para su lucro, para poseer más y más, sin reparar en el daño que dejan a su paso, pero ni se inmutan. En nuestra sociedad, se ha confundido la inteligencia con la astucia y el éxito con la capacidad de aprovecharse de los demás. Quien engaña, manipula o traiciona y logra su propósito suele ser admirado, no condenado. El cinismo ha desplazado a la ética, y el egoísmo se ha convertido en una virtud disfrazada de ambición. Pero detrás de ese brillo aparente hay una oscuridad profunda, la pérdida de humanidad. |
| Ciudades al borde del colapso | | Conchi Basilio. 12.11.25 | Ampliar |  Viajar ya no siempre es disfrutar. En demasiadas capitales del mundo, el turismo ha dejado de ser sinónimo de descubrimiento para convertirse en una experiencia agotadora, casi absurda. Lo que antaño era una oportunidad para conocer otras culturas, admirar la belleza y abrir la mente, hoy se ha transformado en un mar de cuerpos avanzando lentamente por calles saturadas, bajo un sol que no perdona y entre destellos interminables de los teléfonos móviles. El viajero ya no contempla, compite. Corre de un punto a otro para poder decir que ha estado allí, aunque en realidad no haya visto nada. Ciudades emblemáticas como París, Roma, Venecia o Barcelona viven al límite de su capacidad. El turismo, en vez de ser un motor de vida, se ha convertido en una avalancha que amenaza con destruir aquello que precisamente lo hacía atractivo. Las avenidas están colapsadas, las plazas parecen escenarios donde los turistas se suceden en una representación sin descanso y los vecinos han tenido que rendirse ante los precios imposibles. En algunos barrios, la vida cotidiana ha desaparecido, ya no hay tiendas de ultramarinos ni librerías, sino un rosario interminable de franquicias, souvenirs y apartamentos turísticos que se alquilan por días a precios que un residente no puede pagar por meses. |
| El poder sin alma | | Conchi Basilio. 08.11.25 | Ampliar |  Hay silencios que gritan más fuerte que las sirenas de emergencia. Hay gestos que hieren más que las palabras, y hay dirigentes que, aun rodeados de muerte y dolor, son incapaces de mirar de frente a las víctimas. La tragedia de la DANA que arrasó la provincia de Valencia, con 229 vidas segadas, no solo dejó una estela de barro, destrucción y llanto, dejó al descubierto la hipocresía de quienes se proclaman servidores públicos, mientras viven como señores feudales del siglo XXI. El presidente de la comunidad Valenciana, se ha convertido, por mérito propio o por desidia moral, en el rostro visible de ese poder insensible que confunde el cargo con el privilegio. Anunció su dimisión, pero sin pronunciar dicha palabra, se mostró cansado, abrumado, como si él fuera la víctima, no el responsable político de una gestión desastrosa que costó vidas humanas. Continuó en su puesto, rodeado de consejeros, chófer y sueldo, mientras cientos de familias siguen buscando justicia o, al menos, un gesto sincero de humanidad. |
| | Las consecuencias del problema de la vivienda no son nuevas ni repentinas | | Conchi Basilio. 03.11.25 | Ampliar |  No aparecieron de la nada, como algunos quieren hacer creer. Sus raíces se hunden en 1975, cuando ya empezaban a faltar viviendas y el acceso a un hogar digno se convertía, poco a poco, en un privilegio. Desde entonces, han pasado gobiernos de todos los colores, promesas de todos los tamaños y reformas que, en la práctica, no reformaron nada. El resultado lo vivimos hoy, una crisis habitacional que estalla por todos los costados, con más de 600.000 viviendas nuevas necesarias al año y un sistema que no da abasto ni en la construcción ni en el alquiler. |
| Lo niegan, pero lo están viendo | | Conchi Basilio. 31.10.25 | Ampliar |  Durante décadas, la sanidad pública española fue un orgullo colectivo. Una conquista social que garantizaba atención universal, gratuita y de calidad. Pero desde hace más de quince años, desde aquellos años 2007 y 2008 que parecían el preludio de una crisis económica , pero fueron también el inicio de otra mucho más silenciosa, la sanidad se está desangrando. Lo niegan desde los despachos, lo maquillan con promesas de inversión y lo disfrazan con grandes palabras, pero lo cierto es que la privatización avanza a pasos firmes, por detrás y sin control. Todo empezó con la excusa de la eficiencia. Se introdujeron concesiones, externalizaciones, conciertos con empresas privadas. Se dijo que era “temporal”, que el objetivo era “descongestionar” los hospitales públicos. Pero lo temporal se hizo norma, y lo excepcional se convirtió en estructura. Cada año, una parte más del presupuesto sanitario acaba en manos de empresas privadas, que gestionan hospitales, laboratorios o servicios diagnósticos con criterios de rentabilidad, no de justicia social. |
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